Nuestra vida está repleta de incoherencias y la de amar a los animales y comer carne es una de ellas. Muchas veces actuamos de una manera cuando pensamos de otra, lo que genera en nosotros una especie de tensión que intentamos resolver de cualquier manera para que desaparezca. No nos gusta ser incoherentes así que buscamos que nuestros pensamientos concuerden con nuestros actos.

En nuestro día a día estamos rodeados de platos elaborados con carne y aunque cada vez son más los casos de personas que se suman al vegetarianismo o el veganismo, no es de extrañar que con este calorcito veraniego llegue a nuestro olfato la pista de alguna que otra barbacoa cuando salimos a la calle.

Sin embargo, oirás a pocas personas decir que odian a los animales, que disfrutan con su sufrimiento o que desean su muerte (sin entrar en aquellos casos en los que lo consideran un “arte”). Pero si sabemos más o menos cuál es el proceso que sigue la carne hasta llegar a nuestro plato ¿por qué somos tan hipócritas y nos llamamos “amantes” de los animales? O si estamos tan seguros de nuestro amor por los animales, de lo que nos gustan y estamos convencidos de que hay que protegerlos, ¿por qué somos capaces de que se les asesine para comérnoslos?

En psicología, a este estado de tensión que aparece cuando nuestros pensamientos, nuestros actos, sentimientos o ideas entran en conflictos, se le conoce como disonancia cognitiva. Este estado de incongruencia, como veremos, nos motiva para generar nuevas ideas o comportamientos que nos hagan percibir que somos coherentes con nosotros mismos. Y podemos encontrar millones de ejemplos, como aquel que piensa que los casos que aparecen en las cajetillas de tabaco son muy extremos si es fumador, o el que se apunta al gimnasio y justifica que sufre una falta de tiempo que le impide acudir.

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Además, muchas de las disonancias cognitivas están también influidas por la cultura, como ocurre con el caso de la carne. Por ejemplo, es diferente cuando se trata de animales que conviven con nosotros, como pueden ser los perros o los gatos, a los cuales dotamos en nuestro imaginario de mayores capacidades, como una mayor inteligencia. Y no pensamos, por ejemplo en todas las capacidades cognitivas de un cerdo, del que asumimos que tiene menor inteligencia (cuando en realidad no es así).

En otras zonas del mundo, supone un tabú el hecho de comer cerdo o vaca. Estos tabúes están apoyados por la cultura que considera a estos animales como sagrados, lo que hace impensable que se alimenten de ellos (como nos podría ocurrir a nosotros con los perros o los animales de compañía).

Ante este estado de disonancia cognitiva que nos produce incomodidad y tensión, son múltiples los mecanismos que podemos adoptar para reducirla. Las estrategias que adoptemos pueden ir desde cambios en nuestros actos, cambios en nuestra percepción, nuestro lenguaje o en nuestros pensamientos.

Estas son algunas de las formas que utilizamos para deshacernos de la disonancia cognitiva entre lo que pensamos y lo que hacemos:

– Cambio de comportamiento. Si no queremos cambiar lo que pensamos sobre los animales, lo que podemos hacer es cambiar nuestros comportamientos respecto a comer carne. Es decir, hacernos vegetarianos, para no enfrentarnos a la idea de que un animal haya tenido que morir para que nosotros nos podamos alimentar.

– Cambio de comportamiento percibido. Si no queremos hacernos vegetarianos, podemos cambiar nuestro comportamiento en otro sentido. Seguiremos comiendo carne, pero podemos comer solo aquella carde de animales que hayan sido criados en buenas condiciones: carne de vacas criadas en libertad, de gallinas felices… Estaremos comiendo igualmente la carne de un animal, pero nos ayudará pensar que al menos ese animal que nos comemos ha crecido y ha podido vivir “feliz”.

– Evitación. Hacer una evitación de la disonancia cognitiva no consiste en evitar la carne (eso sería el cambio de comportamiento que ya hemos explicado), sino el evitar pensar. No puede aparecer una disonancia cognitiva si no nos ponemos a pensar en el origen de la carne que nos comemos.

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– Disociación. La disociación podría entenderse como una forma de evitación. No es que no pensemos en la carne y en el animal, sino que los tratamos como si fuesen cosas diferentes, como si no estuviesen relacionados. Por una parte está la carne y por otro están los animales. A esto ayuda lo que se conoce como “camuflaje lingüístico” y que consiste en dar diferente nombre al animal y a su carne. Por ejemplo, cuando hablamos de bacon, de filetes, de magro…no hablamos del animal que nos comemos. Además, como ya hemos dicho anteriormente, pensamos que es mera carne y les asociamos menos inteligencia y emociones que a aquellos animales que no nos comemos.

– Despersonalización. También podemos disminuir nuestra disonancia cognitiva si conseguimos despersonalizar a los animales que nos comemos, es decir, intentar percibirlos lo más alejados de los humanos que podamos. Para ello, pensamos en la cantidad de animales que son sacrificados y, cuantos más sean, más los despersonalizamos. Ocurre, por ejemplo, cuando pensamos en las grandes naves industriales llenas de gallinas.

– Justificaciones pro-carne. Por último, encontramos esta forma de responder a la pregunta de por qué nos alimentamos de la carne de los animales a los que amamos. Y es justificando nuestro comportamiento. Por ello, recurrimos a argumentos pro-carne, lo que se conoce como las 4 enes:

  1. Porque es Natural comer carne. Justificamos que nuestra especie ha evolucionado de manera que podamos comer carne. Somos omnívoros, así que hay que comer de todo, ¿no?
  2. Porque es Normal. Todo el mundo come carne, así que, ¿por qué no íbamos a hacerlo también nosotros?
  3. Porque es Necesario. Justificamos que necesitamos los nutrientes que nos aporta la carne, como las proteínas, el hierro…y que son necesarios para nuestro organismo.
  4. Porque es agradable (Nice). Porque nos gusta el sabor que tiene, sus texturas, los diferentes platos que podemos cocinar con carne…

 

¿Y tú? Cuéntanos cual es la estrategia que utilizas para poder comer carne (o no comerla) cuando sabes que te gustan los animales.

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